Lo siguiente tuvo lugar en la playa de Malibú. Un escondrijo encantador, aunque demasiado poblado, en aquella tarde de sábado. Pues además de Peckinpah y de mí, había por lo menos ocho niños, nueve personas adultas y una serpiente pitón trashumante. Era un día caluroso de primavera y yo me sentía aún más calenturiento debido a la gripe. Peckinpah, atento anfitrión, se empeñó en administrarme varios remedios personalmente garantizados, en cuya composición entraban invariablemente grandes cantidades de ginebra y whisky. Al declinar la tarde, Peckinpah me obsequió con un retrato dedicado, «no podía haber sido de otra forma», cita tomada de Grupo salvaje. En lo que yo también estoy de acuerdo. Gracias otra vez por todo: agradable conversación, el placer de su compañía, la eficacia de sus medicamentos y lo que es más importante, por presentarme a la condenada serpiente antes de que los licores empezasen a hacer efecto.
PREGUNTA.— Se rumorea que usted tiene sangre india, ¿es
cierto?
RESPUESTA.— La verdad es que una tía mía era Paiute. Aparte
de eso, soy californiano, nacido y criado aquí como mis padres y abuelos. Mi
abuelo, Charles Peckinpah, fundó una serrería en Madera, no lejos de Fresno, en
1873. Existe allí una montaña Peckinpah donde nació mi padre. Mi otro abuelo,
Denver Church, crio ganado por el valle Crane, a unas diez millas. El viejo
Denver quebró trece veces, sin que ello le preocupase demasiado; realmente
llevó una vida muy variada: ganadero, magistrado, abogado de distrito,
diputado... ¿No le suenan los nombres de Lincoln, Rice y Mortimer Peckinpah?
Eran una familia muy pintoresca.
P.— Con una familia tan enraizada en la tierra, ¿cómo es
que se sintió atraído por la vida del teatro?
R.— No tengo ni idea. Yo siempre quise criar ganado. Aunque,
por temperamento, soy incapaz para ello. Mi rancho es un desastre. De chico,
leía mucho (incluso cuando trabajaba en la montaña de mi abuelo) y veía todas
las películas que podía. Lo único de que estoy seguro es que no quería ser abogado.
Tomé clases de orientación en Fresno después de licenciarme de los marines y
esto me llevó a matricularme en la USC para licenciarme en arte dramático.
Después de esto anduve a la deriva. Fui director-productor en el teatro del
parque de Huntingdon y después me marché a Alburquerque (con la mujer y un
chico a cuestas) para trabajar por el verano como actor. Luego volví a Los
Ángeles para actuar en la televisión como stagehand. La emisora era
la KLAC y estuve en ella por dos años y medio, hasta que me echaron como a un
barrendero porque no quise llevar un traje. Fue en la KLAC donde monté varias
películas experimentales, haciéndolas en mi tiempo libre y con mi propio dinero
(empecé ganando 25 dólares semanales y llegué a 87,50), no eran una gran cosa,
sino una especie de «deberes» para casa.
P.— ¿No tuvo un empleo en los Allied Artists por esta
época?
R.— Sí. Un amigo me presentó a Walter Wanger, que me
consiguió un puesto como ayudante cuarto del director de personal. Una especie
de ordenanza: vaya a por esto y a por aquello... Luego me ascendieron a
director de diálogos, con Don Siegel, en Riot in Cell Block Eleven.
P.— ¿No desempeñó papeles de actor también durante esta
época? Se dice que puede vérsele en Invasion
of the Body Snatchers, de Siegel.
R.— Representé cuatro papeles nada menos en ella. Me creí el
hombre de las mil caras. También hice de acróbata. Veamos si me acuerdo. Hice
de lector de contadores, de comilón y de miembro de la partida de persecución.
Don también me tuvo como escritor en ella durante dos semanas. Pero mi mejor
actuación fue en Wichita (dirigida por Jacques Tourneur). En
ella tengo una gran escena con Joel McCrea. El entra en el banco y yo estoy
detrás de la ventanilla. Me mira, le miro y digo: «Cuarenta dólares». Una gran
actuación. También aparezco (si se fija mucho) como piloto de helicóptero
en The Annapolis Story.
P.— ¿Qué vino después?
R.— Me dediqué a escribir para la televisión. Cuando estaba
en la Allied conocí a Charles Marquis Warren y cuando éste produjo la
serie Gunsmoke, me pidió que le hiciese algún guión. Que yo
recuerde me llevó cinco meses —día y noche— terminar el primero. Pero una vez
que me lancé, escribí por lo menos una docena de Gunsmokes. Desde
entonces me convertí en guionista profesional trabajando para la 20th
Century-Fox Hour y luego creé dos series propias: The Rifleman y The
Westerner. La primera vez que me permitieron dirigir fue en la serie Broken
Arrow. Yo había escrito cuatro episodios y como regalo me dejaron dirigir
la exhibición final antes de televisarlo. Me volví loco. Hay una escena que
debo de haberla tomado por lo menos desde 18 ángulos distintos. En mi vida he
tenido tanto miedo. No se deje engañar: el aprender a dirigir es algo horrible.
P.— ¿Cómo es que cambió la televisión por el cine?
R.—Hice una amistad tan estupenda con Brian Keith en la
serie The Westerner que me llevó con él en The Deadly
Companions. Además, el productor de la película, Charlie Fitzsimons
—hermano de Maureen O'Hara— me contrató como director asalariado. No fue precisamente
ninguna ganga para ninguno de los dos. Él quería alguien a quien andar
empujando. Yo quería hacer una película lo mejor que pudiese. Me ofrecí como
guionista, pero no aceptó. Cada vez que me ofrecía para algo me mandaba
castigado al rincón. Brian tenía sentido suficiente para darse cuenta de que no
íbamos a ningún lado con aquel guión, así que entre los dos intentamos darle
algún sentido dramático. En consecuencia, todas sus escenas tienen cierta
fuerza mientras que las de M. O'Hara (a quien se me había prohibido hablar) no
salieron muy bien. Al terminar la película, Fitzsimons se hizo cargo de su
montaje, abandonando mi plan, y armándose tal lío que al final tuvo que
volverse atrás, aunque desafío al que sea capaz de encontrar algún sentido al resultado.
Si no hubiese sido por Brian y el cameraman Bill Clothier, habría resultado
insoportable.
P.—¿Se debió a The Deadly Companions el que le invitasen a hacer Duelo en la Alta Sierra?
R.—Creo que algo ayudó. Aunque seguramente tuvo más
influencia la serie The Westerner. En la época en que me dediqué a
hacer películas, había en cartera un argumento de N. B. Stone, y Bill Roberts
estaba haciendo el guión. También se habían puesto de acuerdo con Randolph
Scott y Joel McCrea para hacer los papeles estelares, aunque luego los
cambiaron entre sí, pasando Scott de bueno a malo y McCrea al revés. Era una
película de poca importancia, al menos para lo que estilaba la M. G. M., pero
levantó mucho entusiasmo. Teníamos un equipo estupendo: Lucien Ballard, como cámara;
Leroy Coleman, de director artístico (era magnífico: en un momento determinado
robó las velas de la Bounty para hacer con ellas las tiendas de la escena del
campamento minero), y Frank Santillo como montador principal. El programa de
filmación era muy apretado, pues sólo teníamos veinticuatro días. Creo que sólo
nos pasamos en dos días y eso porque nevó en dos escenarios. Ahora me resulta
divertido recordarlo pero durante la filmación, Sol Siegel, entonces jefe de
producción de la M. G. M., me llamó para decirme: «Deje de dirigir como John
Ford y aprenda a hacerlo por su cuenta». No sabiendo a qué se refería, seguí
haciendo lo mismo que antes. Más tarde, cuando se hizo el primer montaje de lo
que había filmado, me volvió a llamar y me dijo: «Ha apostado con este estilo
estrafalario suyo y ha ganado. Me gusta. Siga hasta el final». Esto me animó
mucho. Pero entonces hubo un cambio de mandos en la M. G. M. y Joe Vogel tomó
el puesto de Sol Siegel. El nuevo director vio la película y le desagradó sin
paliativos. Creo que la culpa la tuvo la escena de la boda en el campamento,
con la intervención de aquel montón de fulanas. Vogel me dijo que era la peor
película que habían hecho jamás y que no la exhibiría como no fuese a la
fuerza. Me echaron y ni siquiera me permitieron trabajar en el doblaje ni en el
montaje final. Aunque la versión definitiva era mía en su mayor parte, excepto
que cortaron entre nueve y diez metros de la escena en el lupanar. Más tarde la
M. G. M. tuvo que distribuir la película debido a los contratos pendientes con
el extranjero y sucedió un milagro: empezó a encontrar su público. Los críticos
fueron muy amables —especialmente en Europa— y muy pronto la película empezó a
lograr los pedidos que merecía. Fue una victoria retardada para todos nosotros.
P.—¿Qué hizo mientras esperaba a que se proyectase Duelo en la Alta Sierra?
R.—Lo que hago siempre en momentos de desesperación.
Volví a escribir «westerns» para la televisión. Pero también dirigí dos
telefilms para la serie de Dick Powell: Pericles on 34th
Street y The Losers. El primero era un drama; el segundo,
una comedia agitada con Lee Marvin y Keenan Wynn como una pareja de rivales de
capa caída. Keenan y Lee tenían un baile y todo resultó muy divertido. Lo pasé
muy bien.
P.—¿Qué vino después? ¿Mayor Dundee?
R.—Sí. Columbia quería una película que no pasase de
los tres millones de dólares para cumplir un compromiso que tenía con Chuck
Heston. Tenían un guión que tanto Heston como yo vimos que tenía garra, siempre
que se me permitiese hacer algunos cambios. El productor asignado a la película
dio su conformidad a lo que propusimos, aunque cuando llegó la hora de empezar
a filmar nos engañó reduciendo en quince días el programa.
P.—¿Cuando ya estaban haciendo la película?
R.—No. Pero sólo dos días antes de empezar. Yo le
dije que lo que me pedía era imposible y que prefería abandonar el proyecto
allí mismo. Él me contestó: «Mire; actúo según instrucciones de Nueva York.
Déjeme a mí. Ya lo arreglaré». Pero nunca lo hizo. Cuando vi la copia final, es
decir, la de Columbia, no la mía, me puse malo. Intenté que me borrasen de los
titulares, pero la máquina estaba ya en movimiento. Todo lo que yo me había
esforzado en conseguir explicar (los motivos de Dundee al convertirse en el
hombre que representaba) había desaparecido. Era algo que había escrito y
dirigido y que me importaba mucho, pero que tanto Bresler como la Columbia
juzgaban innecesario para el efecto total de la película. Era difícil saber
quién tuvo la culpa; puede ser que Jerry, pero estaba sometido a presiones
tremendas del estudio por aquel entonces, pues estaba comprometido en otra
película que no estaba saliendo bien. Una de Lana Turner: Love Has Many
Faces.
Siento escalofríos al recordar las discusiones que tuve con
Bresler y la productora a cuenta de Mayor Dundee. Puede que yo
mismo tuviese la culpa por no haberme plantado exponiéndoles claramente la
película que me había propuesto hacer y por confiar en que me dejarían montarla
a mi gusto.
P.—Es una película desconcertante. Tiene partes
maravillosas mientras que otras le dejan a uno perplejo. Desde el momento que
Heston se enreda con Miss Berger, no tiene sentido. Sobre todo me desconcierta
el episodio en que Dundee busca degradarse en los brazos de una fulana y la
escapada nocturna.
R.—Bueno, la Berger se equivocó. Es una chica
estupenda pero me debí oponer a que entrase en el reparto desde el principio.
Su interpretación errónea perjudicó la película. Pero de la degradación de
Dundee tengo yo la culpa. Aunque lo que falla, por lo que no se atrapa el
sentido, es porque la motivación de Dundee no se ha expuesto. Yo filmé una
serie de incidentes sucesivos en los que se exponían sus fallos, haciendo
hincapié en la diferencia entre lo que se proponía hacer y lo que en realidad
lograba. Cuidé mucho de observar su aproximación a su propio ego. Pero todo
esto me lo cortaron. Creo que dediqué unos cuarenta y cinco minutos al estudio
de su personalidad bajo el microscopio. La película tenía una duración de dos
horas y cuarenta y cinco minutos según mi montaje. Heston estaba soberbio. Pero
antes de distribuirla la redujeron a dos horas y quince minutos.
P.—¿Es cierto que Heston, para lograr más tiempo de
rodaje, ofreció devolver su salario al estudio?
R.—Sí. Hizo el ofrecimiento y lo aceptaron. Fue un
gesto muy de caballero. Pero la Columbia ni siquiera tuvo el detalle de dar una
exhibición pública previa al lanzamiento de la película. Todo lo más, la
presentación para algunos exhibidores. Todos los cortes finales se hicieron
después de ella.
P.—¿Qué vino después? ¿El rey del juego?
R.—Sí. Yo preparé la producción, invirtiendo unos
cuatro meses en ella. No resultó nada agradable. Marty Ransohoff era el
productor y ni siquiera nos veíamos. Steve y yo charlábamos y luego
redactábamos un informe que enviábamos a Marty. Fue una relación extraña. Sólo
empecé el rodaje con la condición de que Marty no apareciese por el escenario.
Después de rodar durante cuatro días me despidieron. Después contrataron un
nuevo director e hicieron la película que se habían empeñado en hacer.
P.—Circuló el rumor de que usted se propuso provocar a
Ransohoff, rodando toma tras toma de Ann Magret completamente desnuda.
R.—Eso es falso. Hice una escena muy buena de una
batalla campal y otra escena larga de Rip Torn con una prostituta negra en la
cama y eso fue todo. También es cierto que empecé a filmar en negro, aunque el
estudio quería que la película fuese en color.
P.—Después del asunto de Dundee no resultaría agradable este despido.
R.—Dios me proteja de los ingleses, pero tiene usted
razón. No pude encontrar ningún puesto por ningún lado, ni siquiera entrar en
un estudio. Fue una etapa larga y difícil. Luego se me presentaron algunas
cosas en televisión, incluida la posibilidad de escribir y dirigir una versión
de Noon Wine.
P.—¿Qué pasó con el guión de Gloriosos camaradas?
R.—Eso fue unos cinco años antes. ¿La vio usted? ¿Qué le
pareció el reparto? La misma gente que hizo una película que me gusta, Gerónimo,
con Chuck Connors de protagonista, una película muy divertida.
P.—¿Y Villa
cabalga?
R.—Bueno, el éxito de Noon Wine me liberó
de mi maldición. Villa cabalga fue un trabajo de guionista con
pocas oportunidades para mí de dirigirlo. Me enviaron a Londres en avión para
ver a Yul Brynner, pero a éste le disgustó tanto el guión, que me volví en el
vuelo siguiente. Después contrataron a Bob Towne para reformarlo.
P.—¿No hubo una ocasión, probablemente antes de todo
esto, en que parecía posible que usted se uniese a Walt Disney?
R.—Me llamó para que escribiese una película del tipo Raíces
profundas, con el título de Little Britches. Y finalmente
conseguí el mejor guión que hice nunca. Walt lo leyó y me dijo: «Demasiada
violencia y pocos perros». De la violencia me hago responsable pero no de que
haya perros. Sin embargo, se terminó el proyecto aunque, como en muchas cosas
en que me meto, ya cambiarán las tornas algún día. ¿Sabía usted que yo escribí
el primer guión de El rostro impenetrable, de Brando? Trabajé con
él alrededor de un mes. Es un hombre extraño. Siempre preocupado por su imagen
estelar, que si el público no le aceptaría como un vulgar ladrón, sino como un
pecador hundido, un personaje al que puedan amar... Tal como fue distribuido
creo que sólo queda una escena mía en la película: aquella en la que Marlon le
sacude el polvo a Timothy Carey. El resto es todo de Marlon.
P.—Volvamos a coger el hilo. Acaba de hacer dos películas
para Warner-Seven Arts. ¿Cómo ha sido eso?
R.—Por la decisión y el buen sentido de un hombre: Kenny
Hyman. Cuando le nombraron jefe de producción de W-S. A., yo fui una de las
primeras personas a las que mandó llamar. Kenny había visto Duelo en la
Alta Sierra y le gustó mucho. Es esa clase de persona que si te
descubre te ofrece todo el estudio. Ahora bien, Kenny tenía además un proyecto
original suyo llamado The Diamond Story que quería que hiciese
yo, pero cuando este proyecto fracasó por ciertos problemas de reparto, decidió
darme carta blanca para Grupo salvaje. Es un «western» sobre la
traición a la amistad. Una película de hombres solos, con Bill Holden, Bob
Ryan, Ernie Borgnine, Eddie O’Brien, Albert Dekker, Ben Johnson, L. Q. Jones y
Warren Oates. Trata de una pandilla de bandidos americanos que roban un tren de
municiones del gobierno e intentan vendérselo a unos mejicanos. También incluye
la trama a un convicto en libertad condicional, Robert Ryan, al que le imponen
seguir la pista a sus antiguos amigos y compinches. Es muy violento, la verdad.
Durante la primera exhibición privada, treinta y dos asistentes se marcharon de
la sala durante los primeros diez minutos.
P.—¿Durante la escena del asalto al banco?
R.—Sí. La película empieza con este fracasado atraco que
termina en una matanza. Grupo salvaje no es una película
agradable. Es la historia de unos hombres violentos en una época violenta. En
la película, la violencia no es un medio de llegar al desenlace, es el fin
mismo del relato. Yo he recalcado bien esto. Las opiniones del preview fueron
contundentes. Por lo menos un 30 por 100 afirmaban: «Extraordinaria. La mejor
película que he visto en mi vida». Y el resto: «Deprimente. La película más
violenta que se haya hecho jamás». Luego hablaban de escenas de máximo interés:
«Las de batallas son las mejores que se han visto hasta ahora». Creo que mucha
gente va a verla dispuesta a sufrir una fuerte impresión. Al menos, así lo
espero. No me gusta el público que va al cine a sentarse plácidamente.
P.—Dígame algo sobre la película que siguió a Grupo salvaje.
R.—Es una comedia de personajes llamada The Ballad
of Cable Hogue. La historia de dos tipos, una chica y una porción de
desierto. Jason Robards y David Warner son ellos y Stella Stevens hace el papel
de la chica. En este momento se está llevando a cabo el montaje. Tal vez siga
una técnica de pantalla dividida. No amanerada como en Thomas Crown,
sino más bien como lo que se hizo en El estrangulador de Boston.
P.—Un par de preguntas para terminar. Se dice que es
usted un hombre difícil para trabajar.
R.—Trabajo mucho, si es eso lo que quiere decir. Puede ser
que haya oído que di de baja a dos docenas de personas en Cable Hogue.
¿Sabe, sin embargo, qué buena propaganda me hicieron después el reparto y el
personal? Hay mucha diferencia entre lo que se oye en Hollywood y lo que sucede
sobre el terreno.
P.—¿A qué ritmo trabaja? ¿Hace usted muchas tomas?
R.—Tomo alrededor de 22 a uno y cubro todo bien. Llevo un
ritmo lento, alrededor de dos a uno. Me gusta emplear varias cámaras, a veces
tres o cuatro.
P.—¿Tiene usted alguna ambición que le gustase satisfacer
plenamente?
R.—Mucho depende de la suerte que corra Grupo
salvaje. La productora parece compartir mi entusiasmo. Si es o no violenta,
no lo sé. He tratado de hacerla lo más violenta que he sabido. Y también tan
sincera como he podido. Por lo que a mí se refiere, creo que las dos cosas son
compatibles.
(Publicado en «Sight and Sound».)
En “Film Ideal” nº
220-221 (1970)